
Alguien escribió hace tiempo que del verano se sale igual que de un recuerdo, y yo bendigo esas palabras porque me resulta fácil dejarlos atrás, incluso éste.
Tal vez no hice los deberes, pero medité lo suficiente como para limpiar mi buhardilla de recuerdos y sentimientos que, a estas alturas, me resultaban inservibles -mi manía de ir guardando todo, por si alguna vez hace falta- Y es bueno hacer limpieza de vez en cuando, aunque se sea desordenado por naturaleza. Los lastres no dejan de ser pesados porque ya no se les encuentre utilidad alguna.
En mi interior algo clama por comenzar nuevamente, y esta vez intentaré cumplir mis buenos propósitos de Año Nuevo. Sí, dije bien, año nuevo… porque mis cursos anuales no comienzan cada uno de enero, sino cada primero de septiembre. Es ahora cuando retomo mi vida con más fuerza, con más ganas de seguir siendo quién soy, de no cambiar lo bueno que guardo, por muchos palos que pueda llevarme. Y en la recámara, nuevos proyectos e ilusiones que necesito ir haciendo realidad, que me dan ese empujón que a veces necesito cuando algunas de mis certezas dejan de serlo.
Todas las crisis terminan por superarse, más tarde o… más temprano, si le ponemos empeño. Y la vida sigue enseñándome la misma lección de siempre: de todo se sale, hasta del infierno. Es cierto que el calor de la meta lo da el camino, por eso mido mis pasos, y los doy con la calma de saberme en un camino firme, disfrutando de cada instante que esta vida me brinda, y ahogando los sinsabores en las sonrisas cercanas. La felicidad no es eterna, así que mejor disfrutarla mientras la buscas.
Yo sigo con mi vida y mis reflexiones...
..y vuelvo a necesitarte cerca para perderme en tu horizonte,
mar antiguo…
Largos atardeceres que no dejan de asombrarme
porque todos los que me regalas son distintos, rebosantes, únicos...
Y si amenazan tempestades en mi alma,
tan sólo espero que me acune la calma
de tu oleaje sereno.
..Porque aun siendo primavera,
mi alma pertenece a la languidez del otoño
que pronto caerá sobre mi espalda,
vestido de caducos que adornan mi senda
con la suavidad de sus pasos ocres.