
Por algún motivo hay temas de conversación que se repiten a lo largo de los años, con muy diversas personas. Y más ahora, con las nuevas tecnologías. ¿Quién no ha conocido por la red a alguna persona importante en su vida?
Hace poco volvió a surgir el espinoso tema con una amiga: cómo afrontar un amor que nace por una persona con la que empiezas a mantener una bella amistad. Es un momento en el que surgen toda clase de dudas: por una parte vives en una nube, todo es maravilloso, y cuando ves al/ a la causante de tal pesadilla romántica se para el mundo. Da igual que no converséis sobre nada relevante; o incluso que no converséis: no existe el silencio incómodo entre vosotros. Lo importante no es lo que te diga o lo que puedas contarle, sino saberle ahí, cerca pero lejos, lejos pero cerca. Todo es sencillo mientras indagas en sus palabras algún atisbo de... mutualidad. Escudriñas sus sonrisas, sus gestos, sus palabras.., y es maravilloso hacerlo, porque hasta la mayor de las chorradas es fantástica a su lado. Todo son dudas, y expectantes y maravillosos quebraderos de cabeza.
Pero entonces surge el ¡ay! Ese clic cabronazo que aparece de repente y te estalla la burbuja, haciéndote caer en picado:
“Mierda, me estoy pillando. ¿Se lo digo o me callo? Y si se lo digo –porque estoy deseando hacerlo- y no me entiende; o, lo que es peor, no me corresponde, ¿qué pasa? ¿Se joderá la relación actual?”
Y normalmente –estúpidamente, más bien- tendemos al dicho de “callarse como una puta”, y preferimos mantener esa maravillosa relación tal cual, llena de ilusiones.. y de dudas. Porque las dudas siguen ahí, martilleando tu cabeza hasta dejarla como una acera levantada por las raíces de un árbol que se llama pánico ante la incertidumbre (..). Pero tú te contentas con esa relación, porque es súper especial, al tiempo que te creas las mil y una excusas –ya sabemos, vive lejos, seguro que no le gusto, me ve como un amig@ y nada más.. el resto es producto de mi imaginación- para ni siquiera dejarnos pensar en que esa persona se está convirtiendo en alguien demasiado importante; y tampoco, en algo tan bobo –en lo que nadie suele caer- como que posiblemente el otro/la otra se sienta igual que tú. Así que, para quitarnos el marrón de encima, preferimos dejar estas cosas en manos del destino o de alguna deidad conocida, y confiar en que el azar y tus actos le harán reaccionar. Y no, desgraciadamente termina por no pasar nada.
Y pasa el tiempo, tú sigues con tú vida, él/ella con la suya… hasta que finalmente esa magia inicial se esfuma. Porque siempre se esfuma. Y ahí te ves tú, con toda tu maraña de dudas acechándote –generalmente son noctámbulas- sobre lo que podría haber sido esa historia si un buen día te hubieses armado de valor para decirle algo así cómo:
me encanta cuando sonríes../ no sabes lo que despiertas en mí../ me gustas…/ sabes, me encantaría compartir tus galletas con café.../ sé que es una locura pero.. posiblemente me esté enamorando.
Y, aún sabiendo que esto pasará, -y si no, que baje dios y lo vea- nos seguiremos callando, una y otra vez. Porque así es el ser humano: un ser que razona, sí, pero de manera extraña.